martes, 5 de julio de 2016

Una asquerosidad cualquiera

Aprieta fuerte esa gota de sudor frío recorriendo el lateral izquierdo de tu frente. Te encuentras en un retrete público donde el que entró justo antes que tú, dejó su huella en el fondo de la taza en forma de color naranjoso que más bien podría pasar (de no ser por el olor nauseabundo) por una bebida energética de esas que vienen en latas de veinticinco centímetros cúbicos. Vas a desabrocharte los botones de la cremallera (vaya ironía) y el del medio, el más crítico de la estructura que cubre tus salientes íntimos, salta disparado al interior de esa taza, sumergiéndose en la más asquerosa de tus pesadillas. ¿Y ahora qué haces? Si tiras de la mugrienta cadena que se encuentra delante de ti, se irán por el retrete los colores naranjas, los malos hedores y tambien tu necesario botón. Si sumerges tu mano en ese océano de putrefacción, sacarás dos cosas en claro (u oscuro). Un botón lleno de desperdicios uretranos y una mano con la que no podrás saludar a nadie en mucho tiempo. Tal vez, esa inserción en los bajos fondos marinos provocaría un vómito que haría aún más desagradable la extracción, por lo que tu mente y tu gota, que antes era fría y ahora se ha quedado congelada estáis dudando sobre cómo actuar. Tenemos claro que sin ese botón no podemos salir del retrete, ¿cierto? Tambien tenemos claro que no hay medios a mano para intentar una extracción mecánica, utilizando algún artefacto que pudiese realizar la función sin mancharnos ni lo más mínimo los zapatos. De repente, y con ese halo de superioridad que tienes a veces en las situaciones dificiles miras a la izquierda de la taza y ves la escobilla. Esa escobilla que un día fue blanca y que tras su primera inserción acuática pasó a coger ese color naranjoso que acompañaba a la bebida energética de la que hablábamos antes. Y lo piensas, ¿será posible extraer el botón ayudándome de ese artilugio? Y, como de perdidos al río pretendes que se produzca el milagro y que sea suficiente el remedio que acabas de inventar, decides cogerla, no sin antes rodear el mango de papel higiénico, para intentar el rescate furtivo. Nada más levantarla de su repositorio observas que un cierto goteo sólido se desprende de su base y te entran arcadas. Piensas, ¿qué más da? Necesito ese botón, necesito hacer lo que voy a hacer. Y sin pensártelo más, decides introducirlo con lentitud dentro del líquido mezclado. Notas como el botón se mueve y hace el amago de marcharse por la rectitud del tubo que daría punto y final a tu intento de rescate y rectificas la posición. Poco a poco, intentándolo agarrar con alguna de las cerdas de tu improvisada red de rescate traes el botón a un punto más cercano de donde poder tirar de él. Vale, vas subiendolo poco a poco, poco a poco ... pero el botón se cuela entre las cerdas y resbala cayendo de nuevo al pozo. Te das cuenta que deberías utilizar un poco de fuerza para que, de un salto, salga del inodoro lo más raudamente que pueda, y posteriormente ya lo recogerías del suelo con un trozo de papel, antes de lavarlo con jabón en la pica que se encuentra en tu espalda. Te colocas en la posición, realizas el gesto enérgico y, por un lado el botón ya se encuentra de nuevo en el fondo debido a que levantaste demasiado la escobilla y se coló de nuevo hacia dentro, pero por otro lado te das cuenta que acabas de empapar tus pantalones con el salpicar de las cerdas impregnadas, cómo diría, en un poco de todo. Mierda. Mierda, mierda y mierda. Tal vez, nunca mejor dicho. Como ya de perdidos al río, vuelves a introducir el aparato dentro del mar negro y lanzas un nuevo ataque, intentando eso sí, que no te separes del borde externo de la taza. Y por fin, cierras los ojos durante la operación y sientes detrás de ti que el botón ha salido y golpea con un ticteo contra el suelo. Te giras y te sientes satisfecho, has conseguido sacarlo de su escondite. Pero, cuando regresas la vista hacia el frente, hacia ti, te das cuenta que las gotas de sudor que suponías tener acaban de cambiar por otras con un color naranja. Te fijas que ya no sólo son tus pantalones los que tienen zumo de polla. Vamos, que lo que querías evitar te ha pasado y por triplicado. O por cuatriplicado. Coges tu puto botón, sin papel higiénico, sin ponértelo, sales de wc, con la cabeza bien baja y te vas de allí, humillado, sabiendo que eres un inutil y que por qué no lo pensaste antes. ¿y qué es lo que deberías haber pensado? Que a veces, en la vida, que hay que mancharse a conciencia para saber cuánto de grande será la mancha, porque si lo hacen por ti, no tendrán la misma consideración que puedas tener tu.
Por cierto, desde que cosí el botón, ya no se me acerca nadie y no sé muy bien por qué ... ¿Tendré monos en la cara?

lunes, 4 de julio de 2016

Presentación

¿Cuántas veces nos han solicitado en la vida algo como el título de este blog, verdad?
Habitualmente en el mundo laboral, aunque también en ocasiones nuestra propia celeridad de vida es víctima de la misma frase.
Tengo que hacer de carácter urgente un alto en el camino y reflexionar.  Hete aquí su resultado.